miércoles, 29 de septiembre de 2010

RÉQUIEM POR EL SINDICALISMO BUROCRÁTICO


Cinco millones de parados, una crisis que golpea con más fuerza que nunca, una política económica que dispara el déficit público y maltrata especialmente a las clases medias, generalizadas subidas de impuestos, incrementos continuos y desorbitados de tarifas fijadas por el Estado, los mayores recortes de sueldos y prestaciones públicas de la democracia... ¿Acaso pueden darse condiciones más idóneas para que cualquier movilización contraria al poder establecido, o si se quiere dirigida a manifestar un descontento por el actual estado de cosas, se salde con cierto éxito? Difícilmente. Pues bien, esa suerte de huelga general, la séptima y sin duda la más peculiar y surrealista (la única emplazada con meses de antelación, y que además no surge contra el Gobierno que toma esas mismas medidas que los sindicatos dicen rechazar), ha derivado en un total y absoluto fracaso. ¿Pero cómo se puede ser tan torpe e incompetente, se preguntará cualquiera que no conozca la realidad social y política de nuestra querida España?

Porque, en efecto, los principales responsables del fiasco son los mismos convocantes. La primera y auténtica huelga general de la España democrática, la que tuvo lugar en 1988, logró en cambio, y en una situación económica ni mucho menos tan negativa, una muy considerable adhesión; no sólo en el sector de la sociedad más afín a los postulados de la izquierda (parte de ella ciertamente reacia a manifestarse en contra de un Gobierno socialista, 'de los suyos'), sino también dentro del electorado que votaba a la derecha, deseoso de que un poder entonces hegemónico y prácticamente incontestable recibiera un serio toque de atención. Ahora bien, los promotores de aquella huelga fueron sindicalistas fetén como Nicolás Redondo Urbieta: Defendían ideas tan equivocadas como las que puedan tener ahora sus sucesores, pero desde luego acreditaban un historial de lucha por unos determinados derechos y una total independencia del poder político y gubernamental. Todo lo cual les confería al menos una autoridad moral de la que carece absolutamente el actual sindicalismo burocrático.

De ahí que estos sindicatos instalados en el pesebre, que para más inri han ejercido de colaboradores necesarios de los desmanes económicos que nos han llevado al desastre, se hayan visto incapaces de aglutinar y canalizar un descontento tan extendido en la sociedad española. Hasta el punto de que el sindicalismo todavía llamado 'de clase' (a estas alturas de la película) ha pasado de ser considerado como una vía de solución a estimarse como parte del problema. Porque la realidad es que se ha convertido en una casta parasitaria que vive a expensas de los impuestos de todos, y que como tal se encuentra muy alejada de las verdaderas demandas y necesidades de los trabajadores a los que se jacta en defender.

Ni la ayuda prestada por un Ejecutivo dispuesto a devolverle años de 'cariño' (pactando los servicios mínimos y no publicando datos globales sobre el seguimiento de la huelga), y ni tan siquiera la utilización del chantaje y la coacción de la que, en su impotencia, hace cada vez más insolente ostentación (y ante la que la sociedad libre e independiente, la que sólo aspira a vivir de su propio trabajo, ha respondido con toda dignidad), han conseguido tapar un fracaso sin paliativos. Este tipo de sindicalismo, anclado en los modos y maneras del siglo XIX aunque socialburocrático y apesebrado, puede haber hallado en experiencia tan grotesca el principio de su fin; paradójicamente, bajo un Gobierno amigo y protector. Y es que, por el bien de la verdadera defensa de los intereses de los asalariados, debería abrirse paso un sindicalismo independiente del poder político y adaptado a los tiempos, receptivo a un mercado dinámico y cada vez más flexible como es el actual, abierto a los acuerdos contractuales libres entre empresario y empleado y situado a pie de obra para conocer perfectamente las características y peculiaridades de cada empresa y centro de trabajo.

Si, pese a todo, al sindicalismo todavía en vigor se le continuara proporcionando respiración asistida vía erario y de esta forma lograra sobrevivir unos cuantos años, ya no serviría ni como ariete del PSOE contra un próximo y previsible Gobierno del PP.

2 comentarios:

Helio dijo...

Con el estrepitoso fracaso de ayer, se habrán dado cuenta que el pueblo no está con ellos.
Peor aun, ayer pudimos ver las declaraciones de los que iban al trabajo y no tenian medios para hacerlo, las descalificaciones eran abrumadoras.
En mi opinion ayer los sindicatos mayoritarios, se jugaron la ultima carta y la han perdido.

Pedro Moya dijo...

En efecto, Helio. Lo malo es que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y estos sindicatos de la socialburocracia hace décadas que se convirtieron en cegatos voluntarios y contumaces.