
Por primera vez en su macabra historia, la banda terrorista ETA ha dejado su siembra de dolor y muerte en suelo francés. El asesinato del policía Jean-Serge Nérin ha supuesto una trágica y en cierto modo inesperada novedad para el país vecino, cuya sociedad en líneas generales ha concebido al terrorismo etarra como un problema exclusivo de los españoles, y como tal ajeno. A este respecto, resulta especialmente significativa la primera e inmediata reacción de los paisanos del policía asesinado, que, conmocionados, se preguntaban qué pintaban allí unos 'matones vascos'. Y es que el francés medio desconoce, por ejemplo, que el delirio aranista de esa Gran Euskadi que mueve los impulsos criminales de esos pistoleros incluye territorios del departamento francés de los Pirineos Atlánticos, en concreto las zonas de Lapurdi, Nafarroa Behera y Zuberoa; aunque también es cierto que hasta ahora los propios etarras se habían cuidado muy mucho de atentar en Francia, otrora su mejor santuario y a la que ahora parecen considerar un enemigo más temible que España. Y no es de extrañar, dado el tratamiento, firme y sin contemplaciones, que sus Gobiernos han dispensado siempre a los terrorismos que les han afectado directamente, particularmente al corso.
Sea como fuere, el desgraciado hecho de que esos 'matones' hayan acabado segando la vida de un ciudadano francés, para más inri agente del orden, ha podido concienciar por fin, no sólo al ámbito gubernamental y político en general, sino también a toda la sociedad francesa, de hasta qué punto le incumbe también a Francia la lucha contra el terrorismo separatista vasco. De tal forma que el Gobierno francés, tras las oportunas y contundentes frases de condena del Presidente de la República, ha respondido al atentado con un despliegue policial sin precedentes; lo cual, descontando errores que lamentablemente se han producido, puede marcar un punto de inflexión que dé paso a una profundización y mejora de la colaboración de la democracia francesa contra la ETA, ya de por sí satisfactoria al menos desde hace un par de décadas.

Hubo que esperar a la histórica victoria del PSOE en 1982 para que más de uno se diera cuenta por fin de que la ETA no surgió contra la dictadura franquista, sino contra España. Y que, por tanto, y por mucho que la izquierda alcanzara el poder, seguiría matando hasta conseguir un País Vasco independizado y tiranizado por un régimen totalitario, al modo de los países comunistas que constituían su ejemplo. En consecuencia, los militantes socialistas comenzaron a ser objetivo de sus atentados. Pese a que teóricamente se vivía una situación ideal en las relaciones España-Francia, con dos conocidos colegas de la Internacional Socialista gobernando ambos países, la colaboración francesa en la lucha contra la ETA, que no pasaba de extradiciones puntuales, dejaba mucho que desear. Cuentan que François Mitterrand llegaría a reprochar a Felipe González que insistiera en pedirle auxilio cuando aquí permitíamos que los etarras contaran con medios de comunicación propios y hasta con un partido político, algo, en efecto, difícil de entender para un francés o para cualquier ciudadano nacido en una democracia consolidada. A nuestro presidente no se le ocurrió mejor idea para responder a esa falta de compromiso que seguir los consejos de su amigo venezolano Carlos Andrés Pérez y crear esa contraproducente e infecta chapuza criminal del GAL, que no hizo sino añadir más impedimentos a una situación ya de por sí delicada.
No sería hasta a partir de 1986, durante el primer Gobierno de 'cohabitación' entre un Presidente de la República y un Primer Ministro de diferentes tendencias políticas, cuando, de la mano de Jacques Chirac, comenzaran a notarse ciertos cambios en la actitud francesa frente a la ETA. No en balde, acábabamos de entrar por fin en la CEE, lo que predispuso a Francia a emprender unos primeros pasos de colaboración que llevarían a detenciones de importantes dirigentes etarras, y que hallarían su punto culminante en el descabezamiento en 1992 de la banda terrorista en Bidart, entonces bajo un Ejecutivo monocolor socialista.

Ojalá que la previsible mayor implicación si cabe de la democracia francesa en la batalla contra la ETA acelere el tan deseado fin de la banda asesina. Ahora bien, quien crea que ahora es cuestión de esperar a que Francia nos resuelva el problema del terrorismo etarra, se equivoca de medio a medio.
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