miércoles, 23 de febrero de 2011

TIEMPO DE PALOMAS


14 de abril de 1986. En respuesta a un atentado terrorista que, auspiciado por el régimen de Muammar al-Gadafi, se cobró tres vidas y doscientos heridos en una discoteca de Berlín occidental, Estados Unidos y Gran Bretaña bombardean instalaciones militares y palacios presidenciales libios. Tamaño acto de flagrante 'unilateralismo' concitó las inmediatas condenas de la Asamblea General de la ONU y de la gran mayoría de los países europeos (entre ellos Francia y España, que negaron el uso de sus bases militares a norteamericanos y británicos), y por supuesto de China y la Unión Soviética. Tampoco tardaron en surgir en las calles de todo el mundo masivas manifestaciones contrarias al último alarde de demencia y prepotencia del brutal belicista Ronald Reagan y de su fiel lugarteniente (o 'prostituta', como la calificaría el propio Gadafi), Margaret Thatcher. Eso sí, a partir de entonces el rabioso 'perro loco' (Reagan 'dixit'), que había convertido Libia en un auténtico 'Estado gamberro' que promovía el terrorismo internacional, se fue haciendo cada vez más manso y dócil. Por desgracia, semejantes sátrapas no suelen entender otro lenguaje, puesto que, como enseña la historia, interpretan como debilidad la más mínima concesión por parte del enemigo.

Pero los tiempos en el panorama de las relaciones internacionales han cambiado, y mucho. Ahora no se lleva la firmeza, tanto diplomática como militar (las inevitables dos caras de la misma moneda), para disuadir a los criminales liberticidas y totalitarios de turno, sino la retórica y las palabras bonitas. Y por supuesto, sobre todo tras la experiencia de Irak, el 'multilateralismo'. Hace tiempo, en suma, que los halcones han sido sustituidos por las palomas. Hasta el punto de que tenemos como líder del mundo libre a un Premio Nobel de la Paz asombrosamente 'preventivo', que así puede verse forzado a no perder méritos como ilustre 'pacifista' en su siempre difícil ejecutoria como presidente de la nación más poderosa de la tierra.

No es de extrañar, por tanto, que la llamada comunidad internacional se haya limitado a asistir como espectadora a las revueltas civiles surgidas en el Magreb y Oriente Medio. En el caso de Libia, tan vergonzosa inacción ha provocado el envalentonamiento del sanguinario déspota, quien, no contento con reprimir a bombazo limpio cualquier conato de rebelión y masacrar a sus súbditos, se permite jactarse de ello y amenazar con seguir sembrando el terror. Lamentablemente, no hay un Reagan que le meta en cintura como en 1986. Y lo peor es que el propio Gadafi, por muy chalado que esté, lo sabe perfectamente. Si por ventura el dictador es finalmente derrotado y llegan las libertades, el pueblo libio tendrá poco o nada que agradecerle a las potencias democráticas occidentales, que una vez más llegarán (si es que llegan) tarde y mal.

Por su parte, esa progresía comprometida con la defensa a ultranza de los oprimidos y de la paz en el mundo, incluido nuestro inefable artisteo 'zejatero', no ha tenido a bien en este caso tomar las calles para manifestar su rechazo a los asesinatos en masa perpretados por el tirano libio. Ha vuelto a quedar patente que a esa izquierda que presume de ser la conciencia crítica de Occidente solo le excita las intervenciones de Estados Unidos e Israel, quizá precisamente por ser democracias. En cambio, a las dictaduras, sobre todo si se apellidan 'socialistas', hay que dejarles que atropellen a su gusto los derechos humanos. Es lo suyo.

2 comentarios:

Antonio Rentero dijo...

Te juro que ya no me acordaba del Premio Nobel de la Paz de Obama...

Pedro Moya dijo...

Pues a mí un galardón tan inaudito, basado en unas supuestas intenciones pero no en las acciones, no se me borra de la mente, Antonio...