
La gestión de un Gobierno incompetente y manirroto ha llevado a la nación a la práctica ruina económica, de la que será francamente difícil salir. Sin embargo, las brillantes mentes pensantes que anidan en Moncloa y aledaños se siguen viendo con la suficiente autoridad moral como para prescribirnos a individuos, familias y empresas en qué y cómo hemos de gastar. El mismo Ejecutivo socialista que, primero, negaba la crisis, y después se dedicaba a despilfarrar un dinero que no tenía y dejar pasar el tiempo esperando a que escampe, parece estar convencido de saber mejor que nosotros mismos qué es lo que nos conviene; en suma, de disponer de más conocimiento sobre las economías domésticas que una sociedad civil que, en cambio, desde el principio había tomado medidas de ahorro y ajuste para afrontar las turbulencias, entre otras razones porque a la fuerza ahorcan.
No de otra manera puede entenderse la última y genial ocurrencia de este Gobierno de nuestras entretelas: bajar el límite de velocidad máxima a 110 km/h en las carreteras españolas con el declarado objetivo de 'obligarnos' a ahorrar combustible. Porque los sufridos consumidores somos en general tan derrochadores que ni el hecho de que el precio de la gasolina se haya disparado tantísimo en las últimas semanas, y además en estos tiempos de estrecheces económicas, será capaz de persuadirnos; menos mal, qué sería de nosotros sin nuestro benéfico y paternal Gobierno, que quizá algún día no tenga más remedio que decretar el retroceso a la burra y al candil. Desde luego, el afán prohibicionista (y a la vez recaudatorio) de estos fanáticos del intervencionismo es cada vez más atroz.
Como nos alertaba Hayek, la 'fatal arrogancia' de los planificadores estatalistas les lleva a actuar como si dispusieran de toda la información existente en una sociedad, pretensión absolutamente irrealizable por cuanto: es humanamente imposible asimilar cantidad de datos tan desmedida; la información manejada por los agentes del mercado (trabajadores, empresarios y consumidores) es dispersa y subjetiva; los procesos económicos son dinámicos y cambiantes. Sin embargo, el Gobierno del PSOE cree poseer más sabiduría que los propios ciudadanos que interactúan libremente, y que por tanto se adaptan mejor a las variables circunstancias del mercado, y vuelve a inmiscuirse en nuestras vidas; ahora, para ordenarnos en qué y cómo hemos de ahorrar. Una arrogancia, en efecto, fatal y, en este caso, asfixiante. Porque la lista de prohibiciones y recortes a la libertad individual del zapaterismo es ya ingente. Y cabe temer que no terminará ahí, al menos mientras que a este Gobierno del intervencionismo compulsivo le quede una bocanada de aire.