lunes, 14 de diciembre de 2009

OLIGARQUÍAS Y MINORÍAS DE PRESIÓN


Todo estaba preparado para que el segundo fin de semana de diciembre fuera realmente de órdago. Adláteres del zapaterismo y colaboradores necesarios del mismo iban a protagonizar sendos retos prácticamente sin precedentes en la democracia. Por una parte, los sindicatos de clase (de la privilegiada, claro está), con la consabida contribución de la farándula y la 'intelectualidad' comprometidas (con el PSOE, siempre), tenían previsto liderar una magna e histórica movilización en forma de famélica legión que, desesperada y enérgica, zaheriría a los verdaderos culpables de la crisis y el paro, que no son sino los infames empresarios, y a la genuina defensora de sus inconfesables intereses, la malvada derecha. Por otra, las convocatorias secesionistas celebradas en un buen número de municipios catalanes, bajo los auspicios de ERC y la pusilánime aquiescencia del PSOE y de su 'partido-hermano', el PSC (poco dispuesto a incomodar a sus socios, no vayan a perder el poder), provocarían un desplazamiento en masa hacia las urnas para adherirse de manera entusiasta a la independencia y liberación catalana de la asfixiante opresión española. Pero, a la hora de la verdad, ni lo uno ni lo otro.

Pese a que en esta ocasión, y de manera inexplicable, la Delegación del Gobierno no ha tenido a bien ilustrarnos con sus siempre atinadísimos cálculos, determinadas mediciones han mostrado que la manifestación sindical en realidad se saldó con una escasa participación. Máxime cuando sus organizadores no han escatimado en gastos (además de autobuses y bocatas gratis, dietas para todos los asistentes), los cuales, faltaría más, han corrido a cuenta de los impuestos de la España productiva (la que todavía queda). Y es que es normal que una movilización que pretende responsabilizar a casi todo bicho viviente de la crisis, menos casualmente al Gobierno que tan generosamente subvenciona a sus convocantes, no levante precisamente entusiasmo; incluso entre votantes de la izquierda cuyas tragaderas no lleguen a determinados extremos.

Así, lo que tuvo lugar en Madrid no fue más que una marcha de liberados sindicales que exigen el mantenimiento de unas prebendas que les confiere el 'statu quo'. Porque en realidad los llamados sindicatos 'de clase' hace tiempo que se constituyeron en minoritarios grupos de presión cuya capacidad de influencia reside en hallarse incrustados dentro del aparato estatal, lo que les convierte en corporaciones estatales en el sentido hobbesiano, 'como estados menores en el seno de lo más grande, como gusanos en las entrañas de un hombre natural'. Papel parasitario al que obviamente no están dispuestos a renunciar, por mucho que la actual crisis económica haya reducido gravemente los ingresos del Estado. En este sentido, resulta harto significativo el lema de su manifestación: 'Que no se aprovechen de la crisis'; los demás, ya que sólo han de ser ellos.

Respecto al bufo festival del separatismo catalán, pocas veces ha quedado tan claramente de manifiesto el abismo que separa a la Cataluña oficial, representada por el régimen del pensamiento único nacionalista, en el que el secesionismo ocupa una posición fundamental, de la Cataluña real, de la todavía diversa y plural sociedad catalana. Aún así, no cabe desdeñar este nuevo pulso a la soberanía nacional española, instada, al igual que en el caso de la implantación del 'Estatut', desde determinadas oligarquías políticas y económicas; las cuales, lejos de limitarse a hacerse eco de unos supuestamente mayoritarios anhelos de independencia del pueblo catalán, en unos casos persiguen acumular todo el poder político, y en otros hacer del resto de España una especie de colonia al servicio de ciertas élites político-económicas catalanas. O bien ambos fines a la vez.

Y es que esas camarillas son plenamente conscientes de que, si bien su posición minoritaria no les permite aspirar a contar con el apoyo activo de una mayoría, sí con la pasividad general de una sociedad catalana en la que ha calado la conveniencia de 'no meterse en política' con tal de evitar problemas. En consecuencia, este fracaso sin paliativos no les va a arredrar en absoluto, y por tanto continuarán empleando todos sus resortes y recursos, que son muchos, en alcanzar sus objetivos.

Así pues, los dos grandes desafíos que iban a cerrar el presente ejercicio político han servido finalmente para dejar al descubierto el carácter manifiestamente minoritario de sus instigadores. Oligarquías y minorías de presión en las que, no lo olvidemos, basa en gran parte Zapatero su proyecto de cambio de régimen y de modelo de sociedad. De ahí que su verdadero y limitadísimo predicamento social no les retraiga en absoluto: Saben perfectamente que tienen la sartén del Gobierno por el mango.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Si fueras un liberal como dices ser, aceptarías como una buena forma de democracia que los ciudadanos de Catalunya demanden la posibilidad de hacer un referendum para una independencia de España. Curiosa la gente como tú que están en contra de los nacionalismos catalanes, pero se llenan de nacionalismo español.

Pedro Moya dijo...

Como soy liberal, creo en el imperio de la ley. Así pues, unos plebiscitos que se plantean en contra de la legalidad vigente y de su norma fundamental, que es la Constitución, y además con la intención de acabar con ella y atacar a la soberanía nacional (que todavía reside en el pueblo español), no pueden contar en modo alguno con mi aprobación. En cualquier caso, pocas lecciones de liberalismo pueden dar quienes se inventan unos supuestos derechos 'territoriales' para acabar negándoselos a quienes han de ostentarlos, a los individuos. Entre ellos, a la libre elección de lengua, sin ir más lejos.

Es curioso que los nacionalistas diferencien entre un nacionalismo bueno (el suyo, de tendencia disgregadora) y otro malo (el que ellos llaman español); así, a los que no se adhieren a su pensamiento único, les tachan invariablemente de nacionalistas españoles. Yo no me considero tal, sino más bien adepto al españolismo liberal que surgió de la Constitución de 1812, donde se halla el origen de España como nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley. Algo que, obviamente, choca con cualquier concepto de 'nación' basado en la diferencia etnicista.